2. LAS MODALIDADES DE UN COMPROMISO

Después de haber recordado el "por qué", o las motivaciones fundamentales y específicas del compromiso de la Iglesia por los derechos humanos en Europa, pasamos ahora a delinear el "cómo", las modalidades concretas con las que tal compromiso se ha desplegado y se despliega hasta ahora. Nos detenemos brevemente en tres modalidades, de las cuales la primera es la valoración y la insistencia en la importancia de la existencia de algunas instituciones europeas y de su compromiso en la defensa de los derechos humanos. En particular, nos referimos por ejemplo a la Comisión europea de los derechos del hombre, a la Comisión Parlamentaria del Consejo de Europa, al Consejo de Europa, a la Corte europea de derechos humanos, a la Convención Europea de derechos humanos: todas ellas instituciones, por un lado reconocidas y alentadas por la Iglesia, y por otro lado, que gozan de varios modos de la presencia de representantes de la Santa Sede.

En particular, queremos recordar aquí el juicio positivo que la Iglesia hizo del Acto final de Helsinki en orden a la defensa de los derechos del hombre y en especial a la libertad religiosa. Al respecto, Juan Pablo II ha afirmado entre otras cosas, que "el Acto final de Helsinki... debe ser considerado como uno de los instrumentos más significativos del diálogo internacional... Los autores del Acto final han comprendido claramente que la paz sería muy precaria sin una cooperación entre las naciones y entre los individuos, sin una mejor calidad de vida y sin la promoción de los valores que los europeos tienen en común. He aquí la razón por la cual entre esos diez principios el séptimo habla de respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales, comprendidas la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión o de credo. Además, en el tercer parágrafo, introducido por iniciativa de la Santa Sede, se lee que los estados adherentes, cito: `reconocen y respetan la libertad del individuo de profesar y practicar, solo o en común con los demás, una religión y un credo, actuando según los dictámenes de la propia conciencia'. Al subrayar el respeto por la libertad religiosa entre los fundamentos de la paz en Europa, el Acto final no solamente ha permanecido fiel a la herencia espiritual europea, impregnada desde los orígenes por el mensaje cristiano, sino que ha evidenciado la convicción de la Iglesia católica --y de muchos otros creyentes-- de que el derecho de los individuos y de las comunidades a las libertades sociales y civiles en materia de religión es uno de los pilares que sostienen el edificio de los derechos humanos" (Discurso a los miembros de la Paasikivi Society en la Sala de Conciertos del `Finlandia Hall' de Helsinki, 5 de junio de 1989, L'Osservatore Romano, 7 de junio de 1989, p. 5)

Al respecto se puede recordar también cuanto decía el Card. Agostino Casaroli --uno de los protagonistas de este proceso-- el 17 de marzo de 1990, en un discurso pronunciado en la Universidad de Parma con ocasión de la entrega del título "honoris causa": "Europa, que estuvo al origen de las ideas de Nación y de Estado y que ha formulado las reglas del derecho internacional actual, fundado principalmente sobre la noción de la absoluta soberanía del Estado, ha puesto en Helsinki las bases de un nuevo modo de concebir tal soberanía y las relaciones entre los estados. Ha reconocido el peso que corresponde en la vida internacional al hombre y a los pueblos que han mostrado ser de hecho los verdaderos protagonistas de la vida de Países donde habían estado por decenios, oprimidos y sofocados en sus más profundas aspiraciones, por parte de los aparatos estatales. Ello ha significado un importante paso adelante hacia un mundo más civil, consciente de una verdad, no nueva pero frecuentemente olvidada: que los pueblos forman la realidad viviente de los Estados, su razón de ser y el motivo de su acción" (ver L'Osservatore Romano, 18 marzo 1990, p. 5).

La Iglesia, sin embargo, no se ha limitado a subrayar la importancia del Proceso de Helsinki, sino que ha tomado parte de éste con convicción y determinación. Cito una vez más palabras del Card. Casaroli el 22 de noviembre de 1997 en la conmemoración del centenario del nacimiento de Pablo VI: "Tampoco quisiera dejar de recordar (...) la decisión tomada por Pablo VI, superando ciertas perplejidades iniciales, de hacer participar a título pleno a la Santa Sede en la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, que se concluyó en Helsinki el 1º de agosto de 1975; un gesto a favor de la paz en Europa y en el mundo, cosa que revestía gran valor para el Santo Padre; pero también a favor del compromiso de toda Europa en el respeto de los derechos y libertades fundamentales del hombre, comprendidos los religiosos; cosa que, por decir lo menos, no revestía menor valor para el Papa".

Una segunda modalidad del compromiso de la Iglesia por los derechos humanos se da en su acción diplomática en los Estados de Europa. Así lo ha subrayado el Card. Angelo Sodano en el reciente Sínodo de Obispos para Europa: "Es cierto que el amor preferencial de la Iglesia por los pequeños, los pobres, los que sufren, nos hace privilegiar ciertas formas de apostolado. Tal opción preferencial, sin embargo, no es exclusiva, como sabemos bien, dado que la misión de la Iglesia es universal, para todas las personas de nuestra sociedad. Por esto, si queremos influir en la edificación de una nueva Europa, creo que debemos mantener un diálogo constante también con los laicos que trabajan en la vida pública y con todos aquellos que tienen en sus manos la suerte de los pueblos...

Con ese fin, los Romanos Pontífices, con el surgimiento de los Estados modernos en los siglos XV y XVI, recurrieron también a la institución de Legaciones Pontificias en los nuevos estados que nacían en Europa, justamente para poder anunciar también en los palacios de los Césares el mensaje cristiano. Y así ha hecho también el actual Sumo Pontífice, después de la caída del muro de Berlín y con la constitución de Gobiernos libres en la Europa centro-oriental. Se han creado nuevas formas de presencia de la Sede Apostólica ante aquellas autoridades civiles. Hasta 1989 había en Europa sólo 16 Representaciones Pontificias. En estos últimos diez años el Papa Juan Pablo II ha instituido otras 16. De éstas, 6 han surgido en el territorio de la ex-Unión Soviética. Con estos medios, la Santa Sede busca cooperar a la promoción de los valores éticos que son fundamentales para la vida de cada pueblo, como son el sentido sagrado de la vida, la dignidad de toda persona humana, la importancia de la familia, el deber de solidaridad y el compromiso por la paz...

Recientemente el Sumo Pontífice también ha instituido una Nunciatura Apostólica ante la Comunidad Europea en Bruselas, para complementar lo que se está ya haciendo en Estrasburgo de parte de la Misión Pontificia ante el Consejo de Europa y en Viena, por parte de la Misión existente ante el OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa). Son formas modernas de presencia cristiana entre los constructores de la sociedad, para llevar también a sus ambientes el fermento de la verdad". En cuanto al método a seguir en el diálogo con las autoridades civiles que no comparten la fe cristiana, el Card. Sodano recordaba la exigencia imperiosa de seguir al menos la ley natural, definida por Juan Pablo II en su discurso a las Naciones Unidas de 1995 como una "gramática" común para todos los pueblos, una gramática "que le sirve al mundo para afrontar la discusión sobre el propio futuro". Y así concluía: "Sin la ley natural, la vida social no tiene un fundamento último y toda aberración es posible. Es lo que ha sucedido con el marxismo, que negaba la posibilidad misma de la ley natural, considerándola como derivada de la ideología burguesa. Ello ha sucedido con el liberalismo absoluto, que reivindicaba para el hombre el derecho a definir el sentido mismo de la propia existencia. Creo que no podemos cansarnos nunca de repetir que la persona, la familia, la sociedad son anteriores a la política de los Gobiernos. Creo que en tal terreno podremos encontrar muchas personas de buena voluntad dispuestas a colaborar con nosotros para reencender la luz de la ley natural en el pensamiento y en la acción de los Gobiernos Europeos. Tal trabajo con los que tienen en sus manos el destino de los pueblos debe comprometernos a todos, dando a César lo que es de César pero pidiendo también a los Césares de hoy que den a Dios lo que es de Dios" (L'Osservatore Romano, 9 de octubre de 1999, p. 10)

Una última modalidad --claramente no última en importancia-- con la que la Iglesia se compromete en la promoción de los derechos del hombre está constituida por la elaboración y la difusión de la doctrina social de la Iglesia, que puede ser vista como totalmente centrada en la celosa defensa de la dignidad de la persona humana. Y, a tal propósito, no se puede olvidar el rol y la importancia que la misma doctrina social de la Iglesia reviste para la construcción de la nueva Europa, tanto más cuando Juan Pablo II con la encíclica Centesimus annus ha decidido ligar una enseñanza universal a los eventos particulares europeos de 1989. Se trata de un rol y de una importancia de la doctrina social de la Iglesia para Europa, no solamente por los contenidos que ofrece, sino también y no en menor medida, por la fuerza moral y espiritual que sabe irradiar y que está destinada a plasmar el comportamiento operativo de cuantos se han comprometido en lo social y en lo político.

Al respecto, he aquí uno de los tantos textos del Papa: "Los constructores de la nueva Europa deberán afrontar otro gran desafío: el de crear un espacio global europeo de libertad, de justicia y de paz en lugar de la isla de bienestar occidental del continente. Los países más ricos, inevitablemente, deberán afrontar sacrificios concretos para superar poco a poco la brecha inhumana de bienestar existente en Europa. Se necesita una ayuda espiritual para sacar adelante la construcción de las estructuras democráticas y su consolidación y para promover una cultura de la política y las justas condiciones del Estado de derecho. Para este esfuerzo, la Iglesia ofrece como orientación su doctrina social, la cual está centrada en la solicitud y la responsabilidad por el hombre que Cristo le ha confiado: `No se trata de un hombre `abstracto', sino del hombre real, concreto e histórico que la Iglesia no debe abandonar' (Centesimus annus, 53)" (Discurso a las Autoridades civiles y políticas de Austria y al Cuerpo Diplomático en el `Wiener Hofburg' de Viena, 20 junio 1998: L'Osservatore Romano, 21 de junio de 1998, p. 6).