3. DERECHOS DE LOS HOMBRES Y DERECHOS DE LOS PUEBLOS

Hasta ahora, hemos hablado en términos generales de dignidad de la persona y, en íntima conexión con ella, de derechos humanos. A decir verdad, algunas citas tomadas de las intervenciones de Juan Pablo II nos han ofrecido la posibilidad de acercarnos de modo concreto a algunos de estos derechos humanos. Sería ciertamente interesante, pasar ahora al examen detallado de los derechos del hombre, siempre en orden a la construcción de la nueva Europa. Nos referimos en particular a dos: el derecho a la libertad de conciencia y a la libertad religiosa y el derecho a la vida.

El derecho a la libertad religiosa resulta particularmente importante y urgente en una Europa que se configura en términos cada vez más fuertes como una sociedad multiétnica, multirracial, multicultural y multirreligiosa. Tal libertad se refiere a la identidad misma de la persona, es garantía de los otros derechos del hombre, es "el corazón mismo de los derechos humanos" (Mensaje para la Paz, 1º de enero de 1999). "El reconocimiento efectivo de la libertad religiosa aparece como una condición indispensable para la construcción de la nueva Europa y para la armoniosa coexistencia de las naciones que la componen... El cristianismo a lo largo de la historia ha reunido y unido entre ellos a los varios pueblos, ayudándolos a liberarse de los yugos que los oprimían. El examen sereno del pasado demuestra que la fe cristiana es uno de los pilares sobre los que se yergue el viejo continente. Los valores antropológicos, morales y espirituales que se refieren a ella, son un tesoro del que conviene seguir extrayendo en la proyección del futuro. Ello no excluye, obviamente, el mismo respeto por las demás tradiciones religiosas, que deben tener derecho de ciudadanía. El respeto de la libertad religiosa es garantía del respeto de todas las demás libertades individuales y comunitarias" (Discurso en la presentación de las Cartas Credenciales del nuevo Embajador de la República Checa ante la Santa Sede, 28 de junio de 1999: L'Osservatore Romano, 28-29 de junio de 1999, pp. 5-6).

Recordamos además el derecho a la vida, presentado constantemente por la Iglesia como "el primer y fundamental" derecho del hombre: "Uno mi voz --decía el Papa a los miembros de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, el 29 de marzo de 1999-- a la del Consejo de Europa pidiendo que el derecho más fundamental, el de la vida para toda persona, sea reconocido en todo el espacio europeo y que la pena de muerte sea abolida. Este primer e imprescriptible derecho a vivir no significa solamente que todo ser humano pueda sobrevivir, sino también que pueda vivir en condiciones justas y dignas" (L'Osservatore Romano, 29-30 de marzo de 1999, p. 5). En particular, este derecho, que constituye uno de los pilares sobre los que se yergue la sociedad civil, representa un desafío para la Europa de hoy y para su futuro: "En verdad, en este punto Europa se está jugando su destino futuro, puesto que está dando signos de decadencia moral y empobrecimiento demográfico y está arriesgándose así a dilapidar el patrimonio cultural que le ha sido transmitido por insignes pensadores, grandes juristas, y admirables santos" (Discurso a los participantes en el Encuentro de estudio "El derecho a la vida y Europa", 18 de diciembre de 1987). Pero más allá de la lista y el examen de cada uno de los derechos del hombre, interesa destacar que en ellos está en juego siempre algo mucho más fundamental y "transversal": el respeto a la verdad y a la dignidad del hombre. En otras palabras, no hay duda de que, para dar cuerpo y concreción a la noción de "ciudadanía europea", no se puede no individuar con precisión los "derechos" que (de ser respetados, tutelados y promovidos) contribuyen a constituirla. Pero hay una cuestión aún más fundamental: consiste en el re-apropiarse de una verdadera noción de hombre-persona. El problema, entonces, no es tanto ni sólo el de enumerar una serie de derechos; sino más radicalmente el de re-encontrar la verdad del hombre, sobre la cual tales derechos se fundan, y lograr respetar a cada persona individual y a la humanidad entera.

Y todo esto implica la convicción de que la piedra angular para la construcción de Europa está dada justamente por el concepto y la verdad del hombre: "Es en esta base en que se construye la Europa de los hombres y de los pueblos, y no solamente la del progreso material y técnico... Entonces se impone necesariamente el deber de someter las leyes y los sistemas a una continua revisión desde el punto de vista de los derechos objetivos e inviolables del hombre. Es necesario trabajar para que a fin de cuentas todo programa, todo plan de desarrollo social, económico, político, cultural de Europa ponga siempre en primer plano al hombre con su suprema dignidad y con sus derechos imprescindibles, fundamento indispensable del auténtico progreso" (Discurso a los Juristas y Jueces de la Corte europea de los derechos humanos en el XXX aniversario de la firma de la Convención europea sobre los derechos del hombre, 10 de noviembre de 1980). Y además: "Es poniendo incansablemente a la persona humana y su dignidad inalienable al centro de vuestras preocupaciones y de vuestras decisiones --decía el Papa a los miembros de la Asamblea parlamentaria del Consejo de Europa, el 29 de marzo de 1999-- como ofreceréis una colaboración duradera a la construcción de Europa y serviréis al hombre y a la humanidad entera" (L'Osservatore Romano, 29-30 de junio de 1999, p. 5).

Hemos hablado hasta aquí de la defensa y promoción de los derechos del hombre, pero ya otras veces --especialmente en referencia a Europa-- ha surgido también otro tema: el de los derechos de los pueblos y de las naciones. En realidad, en virtud de la intrínseca dimensión social de la persona, existe una relación estrechísima entre los derechos el hombre y los derechos de los pueblos. "Europa está ahora compuesta mayormente por estados de pequeñas o medianas dimensiones. Pero todos tienen el propio patrimonio de valores, la misma dignidad y los mismos derechos. Ninguna autoridad puede limitar sus derechos fundamentales, a menos que éstos pongan en peligro los derechos de otras naciones. Si la comunidad internacional no logra ponerse de acuerdo en los medios para resolver en su fuente el problema de las reivindicaciones nacionalistas, se puede prever que continentes enteros serán perjudicados y se regresará progresivamente a relaciones de potencia a causa de las cuales las personas serán las primeras en sufrir. Puesto que los derechos de los pueblos van a la par con los derechos del hombre..." (Discurso al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede en el saludo de inicio del año, 15 de enero de 1994: L'Osservatore Romano, 16 de enero de 1994, p.7).

Así, el compromiso de la Iglesia por los derechos del hombre desemboca y se completa en el compromiso con la afirmación y la defensa de los derechos de los pueblos, como son el derecho a la existencia, a la independencia, a la autodeterminación, al reconocimiento político, a la propia cultura, al propio desarrollo. Al respecto es conocido el empeño dirigido, constante y valiente de la Santa Sede. Baste, a título de ejemplo, escuchar las palabras pronunciadas por el Papa en Sarajevo el 13 de abril de 1997: "Como en toda otra parte del mundo, también en estas regiones la Santa Sede promueve el respeto de la igual dignidad de los pueblos y su derecho a escoger libremente el propio futuro. Al tiempo, ella se esfuerza para que sea salvaguardado todo posible espacio de solidaridad mutua en un clima de convivencia pacífica y civil... El clima de la paz y del respeto recíproco es la única vía para combatir en el modo más eficaz los nacionalismos exasperados, culpables de tantos lutos y de tantos daños pasados y recientes. Estas tierras, en las cuales Oriente y Occidente han sentido más aguda la fatiga del diálogo y de la colaboración recíproca, se han convertido en un símbolo de nuestro siglo sembrado de amarguras pero también rico de promesas para toda Europa... El nuevo milenio que está ya a las puertas, se abra con la determinación decidida de construir una era de crecimiento civil en la concordia con el aporte de los dones particulares de los que cada Nación, en el curso de su historia, ha sido enriquecida por Dios, Señor y Padre de todos los pueblos" (L'Osservatore Romano, 14-15 de abril de 1997, p. 9).